Viajando

Anécdotas viajeras

Disaster!: una película donde el protagonista... ¡tenía ocho años!

Con esta nota inauguramos una sección llamada "Anécdotas viajeras", donde nuestros periodistas compartirán con ustedes sus peripecias, historias y recuerdos de sus travesías por el mundo.

Universal Orlando Resort hoy es sinónimo de áreas y juegos de megafranquicias como Harry Potter, los héroes de Marvel o Transformers. Pero fue otro tipo de atracción la que me estrujó el pecho.

Invitado como periodista a cubrir la apertura de Diagon Alley en 2014, también tuve tiempo libre para conocer el resto del complejo. Una vez que probé los juegos más novedosos, me crucé con una marquesina que semejaba la entrada a un viejo cine: se trataba de “Disaster! A Major Motion Picture Ride… Starring You!”. Al preguntar por ella horas antes, me habían sugerido: “Ni vale la pena, es una atracción muy vieja”. Efectivamente, había inaugurado junto con el parque en 1990 y fue conocida como Earthquake: The Big One hasta que en 2008 se reacondicionó bajo el formato de Disaster!.

Testarudo, y con la curiosidad de conocer una atracción clásica con sus tecnologías algo más rudimentarias y analógicas, me decidí a entrar. Allí, entre pasos de comedia, los animadores planteaban que nosotros –el público– seríamos los extras de una película catástrofe protagonizada por The Rock y producida por un tirano Christopher Walken. Luego pasamos a un estudio donde muchos grabaron escenas sobre pantallas verdes y finalmente subimos a un vagón de tren para la gran toma final: el terremoto en la estación de metro.

Tras desplazarse por un buen trecho, la formación llega a la estación. De repente, la acción sucede: el vagón se retuerce, el suelo sobre nosotros se abre y un camión de combustible se asoma al vacío prendiéndose fuego. Por la abertura comienzan a caer aguas torrenciales que forman furiosas cascadas en las escaleras del metro, todo en un tono anaranjado de llamas y luces de emergencia...

Y justamente en el momento más trágico, donde todo parecía estar perdido para la humanidad, fue que mi corazón dio un vuelco de alegría. Lo que veía en persona era una imagen calcada a un recuerdo incrustado en un rincón remoto del inconsciente.

Allá a comienzos de los años ’90, en los albores de la TV por cable, entre los rayos catódicos de los canales panregionales que entregaban dibujos animados y series las 24 horas solían entreverarse las famosas publicidades de telecompras. Allí por lo general se ofrecían productos de dudosa utilidad, sí, pero también algo inalcanzable: un viaje a Miami, Fort Lauderdale –“¡la Venecia americana, con sus playas y deliciosas comidas!”– y, por supuesto, Orlando y su Universal Studios.

En ese clip publicitario aparecía el mismo camión, la misma inundación y los mismos tonos que tenía ahora frente a mis ojos, veintipico de años después...

Y en un tristrás, en plena tragedia climática, me encontré volviendo a ser un niño de ocho años, remontado a un departamentucho de San Telmo, mirando una tele de tubo de 20 pulgadas, fascinado por una imagen que no hubiera aspirado a ver en vivo (ni siquiera lo cotejaba; esos productos vacacionales no eran para nosotros) y que por su impacto había quedado resguardada profundamente.

Ese día la emoción se desempolvó por sorpresa, con la alegría de sentir que, sin saberlo a priori, saldaba una cuenta con mi pequeño yo.

Durante ese estado de júbilo el sismo concluyó, el tren regresó sobre sus rieles, una pantalla pasó el tráiler de la película incluyendo las escenas recién grabadas por el público… y me desternillé de risa.

Y todo justo a tiempo. Al año siguiente, Disaster! cerraba al público.

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